7 de February de 1848 - Los bailes de buen tono (1526)

Cuando te describimos, querido amigo del Añalejo, un baile particular, quisimos hablarte de un baile casi casi de familia, de una reunion de franqueza en que campea la sencillez sea en los trages, sea en el adorno de la sala, sea en la totalidad de la fiesta. Pero además de esos bailes hay otros que no son particulares, ni quien los da los llama de etiqueta, ni tienen rigurosamente hablando un nombre propio, pero que se ha convenido en llamar bailes de buen tono. Pocos son en verdad los que de esta clase se dan en Barcelona en la época actual: en años anteriores eran mas frecuentes, pero entonces no teníamos otras gollerías que por lo menos equivalen á todos esos bailes.

Los de buen tono tienen una tinta muy diferente de la viste, oh lector, en uno particular, y por lo mismo exigen otros preparativos por parte de los concurrentes. Indicarte el trage de tales bailes es imposible porque varian á merced de la moda; y sin pecar contra ella son mas ó menos ricos segun el humor, la categoría, el gusto y la reputacion de elegante con que se honra cada uno de los asistentes. Siempre es cosa de lujo en las señoras, mas nó en nosotros, porque los varones hemos tenido el gran talento de aplicar el frac negro para un entierro, para un baile, para un paseo, para una visita de etiqueta y para todo. Es nuestro frac la sal que entra en todos los guisos. Con ese frac y con cuatro atenaceamientos de pelo en el salon de Alsina, ú otro de los compañeros martírizadores de las cabezas, estás, lector amigo, casi casi arreglado para el baile de buen tono.

En cuanto á las señoras ya es otra cosa. Ahí entra la modista como personage muy principal, y á su lado y disputándole el primer puesto aquel mismo Alsina ó alguno de sus dignos cofrades, encargados de convertier en canastillos, en escarola, en abanico, en ave ó en pez la cabellera de la linda elegante, la cual sabe que el peinado es pieza de exámen en un baile de este género. A esos bailes has de ir en carruage, y si eres hembra, mira por Dios cómo te sientas, porque de no tomar precauciones, vas á entrar en el salon con el vestido aplastado, cosa que nadie perdona, ni puede en buena elegancia perdonarse.

Antes de llegar al salon del baile se sube la escalera guarnecida de macetas con flores, y se pasa por piezas en donde se deja el abrigo, se estira un poco el vestido, se arregla la cinta, se pasea la mano por el pelo, y de paso se echa una ojeada al espejo como quien no lo piensa. Ya estás en el baile de buen tono: en el salon preparado para bailar hay una iluminación que deslumbra y embellece, espejos que reproducen cien veces una luz misma, y que sirven para estudiar en ellos una postura graciosa, y para mirar con achaque de componer una flor, hasta qué punto la danza ha dado color al rostro; una blanda y dulce alfombra que hace el andar descansado y agradable, una atmósfera embalsamada por una multitud de esencias, cuya combinacion produce ese aroma de baile de buen tono que solo en esa clase de bailes se nota; anchos y muelles canapés, hoy divanes, hechos mas bien para tenderse que para sentarse; un ambiente tibio que no acalora pero estimula; todo parece bañado con una tinta fria y delicada que da blancura y morbidez al rostro pálido, y modera el fuego del rostro encendido; suena una orquesta que anima al baile y hace recordar las delicias del teatro; allí las señoras son tratadas con atenciones esquisitas, y los hombres apuestan á cuál será mas galante, mas fino, mas almibarado: segun la danza que se ejecuta los dos sexos estan tan inmediatos que el aliento comunica el fuego que arde en el corazon de unos y otros; el entusiasmo pasa por todos como un contagio; el hablar es dulcemente solapado, y solo muy de lejos deja traslucir el intento del que pretende y el efecto que causa en la que oye; allí se dan y reciben miradas fugitivas que á veces matan, dan la vida á veces y siempre taladran la carne hasta clavarse en el corazon: en tales bailes es frecuente ver á un hombre que desde un ángulo de la sala, fijo cual una estatua y con los ojos clavados como los de un retrato, sigue los movimientos de una señora y hasta oye sus palabras y lee dentro de su alma: ese es un amanta zeloso que espia un desliz para levantar una tempestad en el corazon de la espiada. Hay allí quien en vano procura que no aparezcan en su rostro las señales de la desesperacion, del deseo de vengarse, de la sarcástica alegría, de la esperanza anhelante ó de la martirizadora impaciencia. En ese baile, lector amigo, creerás de pronto que todo el mundo se divierte, y sin embargo no es asi: con ese ambiente no pocas veces se respira un veneno fatal que mata el corazon; allí se pierde á menudo la tranquilidad del interior, las pasiones se desenvuelven con ímpetu, se gastan aprisa aprisa, y el alma se prepara para ese aburrimiento, ese cansancio, ese fastidio de la vida que es una muerte lenta.

En las grandes ciudades necesitamos todo eso, no ya para divertirnos, sino para probar si nos divertirémos. De esos bailes salen corazones lacerados, salen zelosos, salen burlados, salen tranquilidades turbadas, y aunque no falta quien salga divertido, corto es el número de los que forman esa falange.

Ese salon que te hemos descrito es la escena principal del baile de buen tono; pero hay dos escenas de otro género que no son para omitidas. La una es el ambigú, esto es, el cuarto donde de antemano se han dispuesto los manjares y las bebidas con que la casa obsequia á los convidados. Desde las sencillas bebidas que hallas comunmente en los cafés, hasta la riqueza de una mesa bien puesta, todo entra en la jurisdiccion del ambigú; por consiguiente lucen en él todas las delicadas y artísticas confecciones del repostero, del confitero y del licorista. Liza es esa sumamente vasta en donde puede campear la mas estremada sencillez ó desplegarse el mas esquisito lujo; es el lugar donde cabe ostentarse mejor la riqueza y el gusto de la casa, y suele reputarse por el termómetro segun el cual se gradúa el tono del baile. Allí sin embargo no se come, se cata, se prueba, se gusta; pero se bebe, porque el natural calor que se desenvuelve en el baile hace indispensable ese refrigerio.

Otra escena falta que ver en un baile de buen tono. Allá en el centro de un cuarto algo apartado del salon, se ve una mesa rodeada de individuos de distintas edades puestos unos en pie y sentados otros. Allí se juega. Hasta hace pocos años el juego casi de rúbrica era el monte: hoy eso no está de moda y se juega al écarté, juego que tiene poquísimos lances, y en que el azar entra á lo menos por las tres cuartas partes. Lo ejecutan dos solas personas, pero es crecido el número de los que apuestan á favor de cada una de ellas; de suerte que los jugadores vienen á ser muchos y pueden ser cuantos quieran. Allí pasa el dinero del bolsillo de uno al de otro con una prontitud grandísima; y es inútil que intentes adivinar por el rostro de los jugadores cuál es el que pierde y quién el que gana, porque el buen tono ha resuelto, que el enfadarse si se pierde y el alegrarse si se gana sea una prueba evidente de mala educacion; de modo que si se empezó riendo, es indispensable saludar con una risotada cada moneda que sale de tu poder, y si comenzaste á jugar con mal humor, no es dable reirte aunque vaya á parar á tus manos el dinero de toda la compañía: eso seria de mal tono. En otras mesas se juega al tresillo; mas como aquello es mas tranquilo y lento, la mesa del gabinete es la mas animada. Apesar de esto, si vas preguntando uno por uno á los jugadores, todos te dirán que juegan para entretenerse y ninguno con ánimo de ganar.

Hay tambien en esos bailes una porcion de personas que no hacen nada; ni bailan, ni juegan, ni obsequian á las señoras; nada, van al baile porque es de buen tono ir á ese baile de tono, y quedan satisfechos con pagar ese tributo á la moda. ¡Qué quieres, lector amigo! La moda es el tirano mas tirano del orbe. Un hombre de sociedad debe ver alguno de esos bailes, porque son una grande escuela del mundo en donde no pasa un minuto sin que el buen observador pueda tomar una leccion, que tarde ó temprano le servirá en el discurso de su vida.

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