19 de noviembre de 1946 - Lo que solía hacer el hijo del gobernador del castillo de Montjuic los días de maniobras (131 + 690)

CUARTA REGION MILITAR
INSPECCION DEL CASTILLO DE MONTJUICH. – Ayer por la mañana, el capitán general de esta región, don José Solchaga, acompañado del general jefe de Estado Mayor de la misma, don Luís de Madariaga; de su ayudante, teniente coronel Chacel, y del ayudante del general Madariaga, comandante Catalá, se trasladó al castillo de Montjuich para inspeccionarlo. Allí fué recibido por el gobernador militar de esta plaza y provincia, don Joaquín Coll Fuster, acompañado del comandante de la fortaleza, teniente coronel [Claudio] Racionero, y de su ayudante, teniente coronel Ruano, en compañía de los cuales y de los antes nombrados, recorrió las diversas dependencias y regresó a la una y media de la tarde a Capitanía, donde recibió al coronel Zaforteza.

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Claro que lo anterior no es sino excusa para citar (sin fecha) a Luis Racionero, Entre dos guerras civiles: memorias sociales y políticas (2012):

Los días de maniobras, antes de que retumbasen los cañones, mi madre, ayudada por una asistenta, tenía que sacar las tazas, copas y vajillas de la vitrina, y embalarlas con virutas en unas cajas de madera para evitar que se rompieran con la onda expansiva. En esos días, venían de Barcelona los jefes militares para asistir a las maniobras, y nosotros podíamos bajar a la ciudad. El funicular nos dejaba en la boca de las Atracciones Apolo, y digo en la “boca” porque era una garganta de dragón infernal abierta al Paralelo que engullía las vagonetas allí mismo, justo donde acababa el funicular.

Su vida en el castillo empieza así:

Hacia 1946 destinaron a mi padre a Barcelona, como gobernador del Castillo de Montjuïc, y mi vida se desarrolló en otro cuento de hadas. “El hijo del gobernador del castillo.” Había un mirador de cristal y metal construido en la plataforma de una garita, en el vértice de la muralla que se proyecta, como la proa de una nave, entre el puerto y la ciudad. Desde ese mirador único donde, no sabía por qué, alguien almacenaba judías – para que se secaran -, yo me pasaba horas mirando el puerto, sobre todo los trenes que se formaban a base de juntar y separar vagonetas de carga, y contaba cuántos segundos tardaba el sonido en alcanzar el castillo cuando las máquinas se enganchaban a los vagones. Los chirridos del metal eran escalofriantes. Desde mi atalaya, los obreros, con sus recios monos azules, parecían héroes del infierno. Otros días corría por los fosos del lado del llano de El Prat, para espiar a los pajareros que cazaban jilgueros y otros bichos con muérdago llamado vesc: untaban las ramas con esta pega y se escondían en unos refugios que construían con ramas frondosas hasta que los jilgueros aterrizaban en la trampa y quedaban pegados: entonces, ellos salían apresurados a cogerlos.

Había también días en que bajaba con uno de los asistentes al huerto, que estaba situado en la parte más pendiente, sobre el faro del puerto. El desnivel desde el castillo al huerto, entre cañas, chumberas y enredaderas de campanillas, era como un descenso en el trópico, procedente de la pétrea aridez de los fosos, las rondas y los contrafuertes del castillo. El huerto era una conjunción de terrazas en miniatura sobre pared seca que se aguantaban como de milagro sobre la ladera de la montaña, que caía a plomo por el lado de mar. Una terraza mediterránea donde animales y plantas aprendían a sobrevivir y, en el caso del huerto, a darnos una verduras excelentes, aunque el cocinero siempre protestaba de que el viento teñía de polvo las hortalizas. Era una protesta calculada, porque se ponía a salvo de las protestas de mi padre, para quien siempre las lechugas sabían a tierra.

[…]

Pero Montjuïc también se acabó, porque los destinos no duraban más de cuatro años. Aunque seguimos viviendo en Barcelona, nunca pudimos reencontrar una residencia fastuosa y descomunal como el Castillo de Montjuïc, ni una profesión paterna tan atractiva como la de gobernador del castillo… [E]n 1947 en Montjuïc no había presos políticos: era una cárcel para oficiales y soldados del ejército. Así, dos asistentes se llamaban El Lagarto y El Piojo. Un cura me enseñaba ortografía y gramática (y me hacía copiar poemas de santa Teresa y fragmentos de Cervantes, elegidos al azar); un soldado preso me daba clases de aritmética, de historia de España y geografía universal (todavía recuerdo cómo me hacía recitar de memoria los afluentes del Ebro). Y mi madre me tomaba las lecciones cada noche…

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