Extraordinary effects of a solar eclipse on the population of Tripoli on June 4 1788
Tully, Letters written during a ten years’ residence at the court of Tripoli (1819):
June 12 1788
To you, my dear friend, who are always alive to the beauties and effects of nature, I cannot omit describing what an extraordinary impression an eclipse makes on the uninformed part of the inhabitants of Barbary. Of this we had ocular proof during the great eclipse of the sun on the fourth of this month, which was almost total, and occasioned for some minutes a gloomy darkness resembling that of midnight. The beginning of the eclipse was seen at Tripoli at half past seven in the morning : at half past eight, whenit was at the height, the face of nature was changed from day to night. Tke screech-owl, not long retired to its nest, re-appeared, and disturbed the morning with its shrieks. Lizards and serpents were seen prowling about the terraces, and flights of evening birds, here called marabuts, and held sacred by the Moors, flew about in great numbers and increased the darkness. The noisy flitting of their wings roused the Moor, who had been stupified by fear; and when one of these heavy birds (which often drop to the ground by coming in contact with each other) chanced to fall at his feet, the African would start aghast, look at it with horror, and set up a hideous howl. About eight o’clock, when the lustre of the morning was completely faded, the common Moors were seen assembling in clusters in the streets, gazing wildly at the sun, and conversing very earnestly. When the eclipse was at his height, they ran about distracted in companies, firing volleys of muskets at the sun, to frighten away the monster or dragon, as they called it, which they supposed was devouring it. At that moment the Moorish song of death and wulliah-woo, or the howl they make for their dead, not only resounded from the mountains and valleys of Tripoli, but was undoubtedly re-echoed throughout the continent of Africa. The women brought into the streets all the brass pans, kettles, and iron utensils they could collect, and striking on them with all their force, and screaming at the same time, occasioned a horrid noise which was heard for miles. Many of these women, owing to their exertions and fears, fell into fits or fainted. The distress and terror of the Moors did not in the least abate till near nine o’clock, when the sun assured them by his refulgent beams that all his dangers were passed.During the morning and the day, the atmosphere was uncommonly clear, even for a Barbary sky, which rendered the effects of this great eclipse more striking. We learnt from Hadgi Abderrahman, who paid us a visit when it was over, that the first ladies in the place had trembled at the event, and several were seriously ill. The ladies of his own family, he said, had suffered much less at the appearance of the eclipse, from the circumstance of his being at home with them; for though he considered it would be useless to enter into a philosophical account of it to them, yet he assured them that the moon went occasionally to see the sun; and when they met, by their being so close together, the moon always interrupted more or less his light. This account, he said, the truth of which they were convinced of by his great earnestness, considerably abated their fears. To the ambassador it was a serious case, as Lilla Amnani is in a very delicate state of health; but the account he gave her of the phenomenon entirely pacified her.
I was actually looking for an account of the effects of the April 17 1912 eclipse in Spain, but this will do.
The dragon is clearly related to the chronophage.
A few years ago certain sections of the population of Barcelona spent their evenings banging pots and pans to frighten off the dragon Bush; many also had fits, and some may have fainted.
The popular and parliamentary distraction occasioned by the 1880 eclipse was used by the Spanish government to smuggle through some dangerous constitutional business, I forget what.
Before anyone accuses me of hating or despising the Spanish or whatever or whoever, I’d just like to note that it was a Valencian, José Monserrat y Riutort, who took the first satisfactory pictures of a total eclipse, in 1860. Pedro Antonio de Alarcón witnessed it in Sagunto, where the people did not lose their cool:
Doy fe de haberlo visto con mis propios ojos, ayer a 18 de julio, de dos a tres de la tarde, desde las venerandas ruinas de Sagunto, o sea desde lo alto del castillo de Murviedro.
Con este solo fin habÃa salido la vÃspera de la villa y corte de las Españas en el tren correo. Al pasar por Valencia se me agregaron, según estaba convenido, algunos poetas de las márgenes del Turia, con quienes me liga antigua amistad, y todos juntos llegamos al castillo una hora antes de la anunciada por el Calendario para el comienzo de la gran tragedia celeste.
En aquel histórico lugar, donde comenzaba la zona en que serÃa totalmente visible la catástrofe, no se hallaba constituida ninguna comisión de astrónomos, armada de instrumentos, con objeto de hacer la autopsia al astro rey luego que muriese… y por eso mismo habÃamos determinado mis amigos y yo establecer allà nuestro observatorio poético, ganosos de experimentar en el momento solemne todas las emociones dramáticas y religiosas de la inocencia o de la ignorancia… -Estábamos, pues, solos con el coro trágico, y el coro trágico se componÃa de labriegos del paÃs… ¡De aquellos labriegos que rara vez suben a la antiquÃsima fortaleza, pero siempre para honra y gloria de España!
Asà lo pensaba yo al ver al actual pueblo saguntino subir desde la villa a la ciudadela. Pensaba en el dÃa que sus antepasados subieron por aquellas mismas rampas talladas en la roca, y no volvieron a bajar, sino que perecieron heroica y voluntariamente, dando al héroe cartaginés el más grande espectáculo de patriotismo que registra la historia: o recordaba aquel otro dÃa, casi de nuestro tiempo, en que las tropas de Napoleón se estrellaron una vez y otra contra aquel ruinoso baluarte, guarnecido por un puñado de valientes, que acababan de dejar el arado para subir a defender a costa de su vida el muro viejo (Murviedro).
A la verdad, estas consideraciones históricas eran muy adecuado prólogo al épico suceso que aguardábamos. Todo ello tenÃa dimensiones homéricas; y como el cielo, la tierra y el mar que se desplegaban ante nuestra vista eran los mismos de hace veintidós siglos, hubo momentos en que perdà toda conciencia del tiempo, o en que confundà lo pasado con lo presente, y aun con lo futuro, que era el eclipse…
A mis pies veÃa, por una parte, las imponentes ruinas del Anfiteatro romano; por otra, la villa actual; alrededor, una verde llanura poblada de algarrobos, olivos y moreras, y más lejos el azul Mediterráneo, o suaves cordilleras de montañas que delineaban, por decirlo asÃ, un magnÃfico y resplandeciente horizonte.
El dÃa estaba sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio, animando y engrandeciendo el vastÃsimo paisaje. Largos y monótonos zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de un sordo y soñoliente murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos al deicidio que se preparaba en los cielos.
A la izquierda, y precisamente donde empezaban a amontonarse algunas cenicientas nubes, divisábase un rompimiento de la cordillera, que me dijeron daba paso al Desierto de las Palmas. -AllÃ, lo mismo que en otros parajes de la PenÃnsula, miles de humanos seres, olvidados de las agitaciones y mezquinos intereses de esta vida, estaban como nosotros en expectación del fenómeno celeste; unos llevados de amor a la ciencia, otros de culto a lo maravilloso, quiénes del miedo, quiénes de mera curiosidad.
En lo que a mà toca, yo consideraba en aquel instante al género humano de un modo que no lo habÃa considerado nunca: no ya como una especie privilegiada que cumple estos o aquellos destinos en el mundo; no como actores del gran teatro del universo; no como los personajes principales del largo drama que llamamos Historia, sino únicamente como espectadores alojados en un pequeño planeta, como simples pobladores de nuestro globo, como accidentes de la creación, como testigos de la marcha misteriosa de mil mundos. Las ciencias, la polÃtica, la filosofÃa, los odios, las ambiciones, el amor, la guerra, el infortunio, todo lo que constituye nuestra cotidiana vida, habÃa perdido su interés en aquel momento. Todos los hombres resultaban iguales. Un poder superior, la incontrastable fuerza que rige los orbes, les hacÃa pensar en cosas más grandes que la sociedad y que la civilización. ¿Qué eran, qué podÃan ser las potestades humanas, cuando mundos enteros aparecÃan como frágiles barquillas perdidas, en el infinito espacio, y se les veÃa navegar a merced del potente soplo que los empuja por sus misteriosos derroteros?
Eran ya las dos…, la hora anunciada y esperada hace tanto tiempo por los astrónomos.
El eclipse habÃa principiado; pero aún no se percibÃa alteración alguna en la luz del sol.
A eso de las dos y media empezaron a palidecer las nubes, mientras que el mar se ponÃa cada vez más sombrÃo.
La luz del sol era blanca como la de la luna, y la sombra de los cuerpos intensamente negra, pero de vagos contornos.
El cielo estaba despejado; la atmósfera diáfana. ¡El sol se hallaba en el mediodÃa; y, sin embargo, se aproximaba la noche!
Nuestros semblantes se iban poniendo lÃvidos… Una claridad fúnebre, que ya no era semejante a la de la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro.
Las nubes tomaban un color gris como el de la ceniza. El mar continuaba obscureciéndose…
¡Y nada de esto se parecÃa al anochecer!… Lo imponente era el ver que allá, en las regiones superiores del cielo, seguÃa siendo de dÃa, mientras que en la infortunada tierra y en su atmósfera cundÃa la obscuridad. Es decir: ¡que la luz del cielo no llegaba ya a la tierra!
Por lo demás, a la simple vista no se notaba todavÃa alteración alguna en el disco del sol. Ciertamente, casi todo él estaba eclipsado; pero el ligero limbo que aún se percibÃa, irradiaba el suficiente fulgor para ocultar a nuestros débiles ojos la gran sombra que ya amenazaba sepultarlo.
Tenemos, pues, que el sol reverberaba en el cenit; que el cielo, o sea el espacio a que no alcanzaba la sombra de la luna, seguÃa inundado de luz como antes del fenómeno, y que, sin embargo, la noche caÃa sobre la tierra, súbita, aceleradamente ya, sin gradación ni crepúsculo, como si nuestro planeta hubiese tenido luz propia y un soplo del Hacedor la hubiera apagado repentinamente.
¡En esto -(todo lo que ya diga sucedió en menos de un segundo)- en esto expira instantáneamente el último fulgor; cambian de aspecto todas las cosas; vense lucir dos estrellas cerca del astro agonizante; levántase un espantoso viento; hace frÃo; corren las nubes; ennegrécese el mar; camina la sombra a nuestros pies; parece que se desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro; muere el sol… y sustitúyele un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y grandioso, más bello que todo lo imaginado por el hombre!…
Un grito de terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen indudablemente que sé acaba el mundo… Pero, al ver que el sol ha sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo alarde del poder y de la sabidurÃa del Eterno, prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un bravo, en una aclamación frenética y entusiasta…
Este singular y tierno aplauso al Autor de la naturaleza, pone las lágrimas en mis ojos…
El espectáculo de la conjunción eriza los cabellos… El cuadro que me rodea, la hora, el sitio, todo contribuye a horrorizarme, a conmoverme, a levantar mi espÃritu, a revelarme la inconmensurable grandeza de Dios.
El Gólgota, tal como se le pinta a las tres de la tarde de aquel tremendo y glorioso dÃa en que murió Jesús; el Juicio Final, profetizado por el Apocalipsis, el Diluvio, Pompeya, los terremotos americanos…; yo no sé cuántas y cuán extrañas cosas pasaron por mi imaginación.
Entretanto… ¡qué maravillosa, qué sublime apariencia la de los cielos!
El astro que habÃa sustituido al sol, dirÃase que era su catafalco, su iluminado túmulo, su capella ardente.-Imaginaos un cielo sombrÃo, y en medio de él una gran placa negra y de oro, una enorme estrella esmaltada… ¡Yo no sé cómo es lo diga!… -Imaginaos el disco de la luna, negro como el azabache, y en torno suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De esta orla parten divergentemente cuatro o cinco ráfagas de plata y oro, como los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos. -Era, pues, un astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro. -Sol y luna formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba a la vez el dÃa y la noche…
-¡Oh Dios (pensábamos todos en aquel momento). ¡Cuán infinito es tu poder! ¡Cuántas nuevas maravillas pudieras crear, aun después de haber llenado de ellas tantos mundos! ¡Qué habrá que se iguale a la última de las cosas, si tú pones en ella tu mano augusta!
Poco más de dos minutos, que nunca olvidarán los mortales que han presenciado esta gran tragedia, duró el eclipse total. -El pueblo seguÃa aclamando a Dios, con los brazos alzados al cielo, con las lágrimas en los ojos…
La obscuridad no era tanta que dejásemos de vernos unos a otros… Pero ¡de qué manera! ¡Qué fatÃdica luz en nuestras frentes! ¡Qué lobreguez en las nubes! ¡Qué aparente movilidad en el suelo que pisábamos!
De pronto cae de aquel extraño fenómeno un borbotón de luz, un rÃo de oro, un torrente de fuego que inunda instantáneamente toda la enlutada atmósfera…
Un nuevo aplauso, un nuevo grito, mil y mil bendiciones a Dios pueblan el espacio.
-¡El SOL! ¡El SOL! -exclamamos todos con amorosa alegrÃa.
-¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios! repetimos, llenos de gratitud y de entusiasmo…
Y hay otro cambio súbito en la naturaleza, y tierra y cielos mudan de color como por encanto, y la mar vuelve a aparecer, y las estrellas se ocultan, y el sol recobra su soberanÃa -con gran contentamiento de nuestros corazones, apenados un punto al ver vencido tan glorioso y potente astro por el más débil y mezquino de los mil que alimenta y vivifica su bienhechora llama……………
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September 22nd 2008 12:55
Is there any other evidence for Marabou storks flying into each other and crashing?
Apparently the reason their heads are bald (like vultures’) is because it’s more convenient if they get their heads inside a carcass and get blood on their heads, to clean it off afterwards.
September 22nd 2008 12:59
None that I know.
I wondered where the Hannibal Lecter look came from.
September 22nd 2008 13:42
Marabuts cant have been that sacred, there arent any in Tripoli now, which is undersandable when one considers Libyans Libertarian attitude to nature *if it moves or grows, I have the right to kill it*